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Esto es Tucumán. 26/02/2013
Desde 1997 hubo más de 6 mil femicidios
 

El caso Lebbos – del cual se cumplen 7 años de impunidad – reactualiza el debate por la violencia de género. Entre 1997 y 2010 hubo 6.077 homicidios de mujeres en la Argentina. La cifra surgió del Mapa de Violencia de Género que presentó la Asociación de Políticas Públicas en agosto de 2012.

Esas mujeres fueron baleadas, acuchilladas, descuartizadas, desfiguradas, incineradas, quemadas con ácido, molidas a palos. Con frecuencia, hicieron denuncias que no fueron adecuadamente atendidas por la Justicia y la policía o dieron lugar a acciones de protección que fallaron. Algunos episodios alcanzaron repercusión especial porque involucraban a figuras públicas; la mayoría tuvo como víctimas a mujeres anónimas, cuya muerte fue por lo general la conclusión de un largo padecimiento.

«La violencia estaba naturalizada y parecía pertenecer al orden privado de las familias. Entonces la gente no se metía, no decía nada. Y las mujeres no estaban dispuestas tampoco a denunciar, tenían mucho miedo. Me parece que eso se venció», dice Haydée Birgin, presidenta del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (www.ela.org.ar).

La Asociación Civil La Casa del Encuentro lleva una estadística de crímenes de mujeres desde 2008, elaborada en base a datos de agencias de noticias y medios de comunicación de todo el país. «Los femicidios han ido en aumento. Se dan en todos los sectores sociales y en todas las provincias, en una franja de edades que van mayoritariamente entre los 18 y los 50 años», afirma Fabiana Túñez, coordinadora de la Asociación. En www.lacasadelencuentro.org se aclara que «el término femicidio es político, es la denuncia a la naturalización de la sociedad hacia la violencia sexista».
Las estadísticas son hasta ahora parciales, ya que la prensa no da cuenta de la totalidad de los casos. Y a la vez el incremento de las cifras indica también que el fenómeno es hoy más perceptible. Las agresiones contra las mujeres eran consideradas por la prensa como crímenes pasionales o actos de emoción violenta. «Cambió la percepción social del problema, y por ende, algunos sucesos que antes eran considerados meramente policiales, o conflictos interpersonales pasaron a formar parte de un fenómeno comprendido desde los medios y desde la sociedad, en una relación para nada lineal, como tal», dice Sonia Tessa, periodista de Rosario/12 y del suplemento «Las/12».

En ese cambio, agrega Tessa, «tuvieron verdadera influencia los esfuerzos de los movimientos de mujeres, en sus expresiones sociales, académicas y políticas, para generar una comprensión diferente a la que era aceptada hace no demasiado tiempo. Hablaron de relaciones jerárquicas entre los géneros, de patriarcado, hablaron de la situación de sumisión y vulnerabilidad de las mujeres, y empezaron a tejer otro sentido común en torno a lo que antes podía considerarse problemas de pareja».

La denuncia y después
El 21 de febrero de 2010 Wanda Taddei murió después de ser quemada con alcohol por su pareja, Eduardo Vázquez, el baterista de Callejeros. Fue un episodio que instaló la violencia sexista en la discusión cotidiana, con un impacto comparable a otro hito, el femicidio de Alicia Muñiz, perpetrado el 14 de febrero en 1988 en Mar del Plata. El caso por el que se condenó a Carlos Monzón puso en evidencia un aspecto habitualmente soslayado: las creencias y los argumentos instalados en el sentido común que justifican la agresión hacia las mujeres. «A muchos de los que se rasgaron las vestiduras, habría que preguntarles si nunca le pegaron a una mujer», dijo el actor Adrián Martel, uno de los que defendió a Monzón. Ese tipo de declaraciones reapareció cuando el dentista Ricardo Barreda asesinó a cuatro mujeres de su familia en La Plata el 15 de noviembre de 1992. Entre otras demostraciones, el grupo Attaque 77 compuso una canción, «Barreda’s way», que relata la historia haciendo suyos los argumentos del criminal.

«La existencia de una ley nacional de violencia de género como la que tenemos, que es de avanzada aun cuando su cumplimiento sea tan parcial y precario, también contribuyó a poner el tema en otros términos en la sociedad –dice Tessa–. Los colectivos de periodistas con mirada de género, como Par y Rima en la Argentina, y otros a nivel mundial, contribuyeron a sensibilizar a muchísimos colegas. La fuerza inicial la pusieron los movimientos de mujeres, que vienen denunciando esta situación desde hace años, sobre todo porque constituye siempre un problema de primer orden que aparece en los trabajos barriales y en los Encuentros Nacionales de Mujeres».
Haydeé Birgin relativiza los registros de femicidios elaborados en base a la prensa. «No se puede decir que haya habido un incremento porque no hay datos. Argentina es un país sin estadísticas. Lo que uno puede decir es que hay mayor visibilidad. Los medios contribuyeron muchísimo a socializar el problema», dice. La creación del Registro Único de Violencia contra la Mujer apunta precisamente a resolver ese problema, para tener un diagnóstico más certero de las dimensiones y las particularidades de los casos.

Birgin recuerda que «durante muchos años el Código Civil decía que el hombre tenía una función correctora, y aunque ya no exista la norma, la idea de que el hombre golpea a la mujer para corregirla está todavía presente». En su opinión el Código Penal tenía las figuras necesarias, incluso antes de la ley que agravó las penas para los femicidios y los crímenes de odio.

Sin embargo, el acceso de los casos a la Justicia todavía resulta difícil. «Nosotros encontramos a muchas mujeres que hacen la denuncia y después se arrepienten. Esa se da por varias razones, porque los tipos les cortan los alimentos y ellas no tienen con qué mantener a los chicos, o porque las mujeres se quedan en la vivienda y los tipos siguen rondando y amenazándolas», dice Birgin. En este marco, «las mujeres deberían tener espacios intermedios, donde puedan llegar dentro de la Justicia, tener una psicóloga con la cual conversar. Como un club de barrio, donde puedan hablar de estos temas. La palabra sigue siendo el medio más eficaz».

Los fallos de la Justicia parecen a veces desvinculados de los hechos de los que supuestamente se ocupan. Carla Figueroa fue violada por Marcelo Tomaselli en abril de 2011; la justicia liberó al violador bajo la figura del avenimiento, y una semana después, en diciembre de 2011, Tomaselli degolló a Figueroa frente a su hijo y su madre. A principios de octubre la justicia de Mar del Plata dejó libre a Ariel Troncoso, un pintor de casas de 48 años que confesó el crimen de su amante, Melina Briz de 18 en Balcarce, porque la declaración había sido obtenida bajo presión psicológica. Pero los jueces anularon también un ADN positivo que incriminaba a Troncoso, la autopsia que acreditaba el homicidio y hasta el certificado de defunción de la víctima. También en 2011 el Tribunal Oral en lo Criminal 17 impuso apenas 5 años de prisión para Alberto Ramón Castillo, quien asesinó a su pareja al rociarla con combustible y prenderla fuego en Boedo; como la fiscalía no apeló, la sentencia no pudo ser revertida, según una declaración de la Cámara Federal de Casación Penal.

Hoy, dice Andrea Travaini, directora del Instituto de la Mujer de la Municipalidad de Rosario, «las mujeres se animan más a hacer la denuncia, a pedir ayuda, no están dispuestas a quedarse calladas». Pero a veces los relatos quedan en el papel. En julio, Carolina Z., de 25 años, llegó al Hospital Alberdi, en Rosario, con graves lesiones después de ser golpeada con un hierro por su pareja, y de presentar más de 30 denuncias en la comisaría de su barrio.

La repercusión periodística de los casos puede tener un efecto ambiguo, apunta Travaini: «A veces un caso que no tuvo la mejor resolución, como los de mujeres que hicieron muchas veces la denuncia y aparecen en la televisión golpeadas, dispara en general muchas consultas que tienen una doble lectura: la mujer que está sufriendo violencia se ve reflejada, no quiere seguir más así y se anima a hacer la denuncia; pero si la nota termina diciendo que no pasó nada con la denuncia es probable que la que está dudando desista de hacerla».

Onda expansiva
El 28 de diciembre de 2011, en Rosario, Norberto Alfredo Moretti, un taxista de 62 años, mató a sus hijos, de 3 y 5 años, como represalia contra su mujer, de quien se estaba divorciando. La Casa del Encuentro desarrolló el término femicidio vinculado para comprender estos casos, en los que son asesinadas personas con vínculo familiar o afectivo con la mujer, o que intentan impedir el femicidio.

En 2009 la Casa del Encuentro registró 231 femicidios y femicidios vinculados de mujeres y niñas y 16 femicidios vinculados de hombres y niños; en 2010, 260 y 15; en 2011, 282 y 29; y en el primer semestre de 2012, 119 y 11. El incremento, dice Fabiana Túñez, revela «la insuficiencia de políticas públicas de asistencia directa a las víctimas, la lentitud y una actitud cultural de prejuicio de parte de la Justicia que no escucha como debe escucharse la denuncia de una mujer».

Las organizaciones de mujeres coinciden, sin embargo, en que la violencia de género es un problema histórico y no una emergencia del pasado reciente. «Femicidios hubo siempre –dice Túñez–. Se lo disfrazaba de crimen pasional y aparecía en las páginas policiales en forma aislada como si fueran hechos que se producían en forma excepcional. Ahora se le ha puesto nombre a este tipo de violencia que, muy lejos de la pasión, es un delito que se lleva la vida de más de 200 mujeres por año en Argentina».
El fenómeno trasciende el país, remarca Túñez: «La violencia de género existe en todo el mundo. En América Latina, la Argentina ocupa el cuarto lugar, luego de México, Guatemala y Costa Rica. La raíz de la violencia de género tiene que ver con lo cultural y atraviesa todas las clases sociales. Mayoritariamente, las edades en las que se produce en forma más clara es entre los 18 y los 50, pero tenemos víctimas de 3 meses y de 80 años. El objetivo del varón agresor es controlar, dominar, poseer y cuando no logra consumar ese fin puede llegar hasta a matar».

La violencia física suele ser el último escalón de una serie de agresiones que pasan inadvertidas o están también naturalizadas. «La mujer es humillada, despreciada –dice Andrea Travaini–. El maltratador decide no hablarle, se burla de su aspecto físico, de sus logros. Es tan fuerte, hecho en el tiempo y sostenidamente, que la mujer termina creyendo que es verdad, termina comprando el discurso del otro. Mucho más si esa violencia psicológica va de la mano de la violencia económica, cuando la mujer no maneja sus ingresos».

El Instituto de la Mujer, en Rosario, asiste y aloja a víctimas de violencia familiar en dos refugios. «Para muchas mujeres el límite no es la violencia contra ellas sino contra sus hijos –agrega Travaini–. Los hijos son siempre testigos y sufren la consecuencia directa de la violencia contra su madre, lo ven o lo escuchan, sienten ese miedo o saben que cuando llegue la pareja de su madre empieza el momento de tensión de la familia. Lo vemos más cuando las mujeres son albergadas con sus hijos, los chicos expresan entonces todos sus síntomas».

«Los casos de violencia aparecen a veces mezclados con circuitos delictivos, por ejemplo, con la venta de drogas. Hay tramas muy complejas, donde la única protección posible es sacar a la mujer del barrio, porque vive en una casa donde están rodeadas por la familia del golpeador. Estas mujeres no pueden volver a esos lugares y entonces lo que hay que pensar es cómo armar otra vida para ellas y sus hijos en otros lugares. En esos casos no es tan fácil cumplir la prohibición de acercamiento, o la exclusión de hogar».

Sentido poco común
Los estereotipos sobre las mujeres están en la base de la violencia. «El original, el que justifica muchas conductas, tiene que ver con la tajante división entre la mujer casta-madre y la puta-deshonesta –dice Sonia Tessa–. Si ella tuvo interés en conocer a otro hombre, si ella no era sumisa, si ella es débil, en todos esos casos termina siendo una manera de evadir la complejidad. El ciclo de la violencia no es para nada lineal, muchas mujeres quedan atrapadas en esa especie de telaraña con una mezcla de culpa, dependencia, deseos de salir y amor por el agresor que resulta difícil de abordar, y tiene que ver con cómo construimos nuestras subjetividades desde antes de nacer».

Los prejuicios contra las mujeres quedaron claramente expuestos en octubre de 2012, cuando se conoció un informe del Cuerpo de Investigaciones Fiscales de la Justicia de Salta ante una denuncia contra el chofer de un micro escolar por abusos sexuales contra niñas. Las menores en cuestión, dijeron los funcionarios, «son de una fisonomía diferente a las demás niñas y presentan una contextura más desarrollada que las demás»; una de ellas, de 9 años, «muestra un cuerpo desarrollado que puede llegar a ser objeto de deseo». Quizá pueda contextualizarse estas apreciaciones con otros datos. Según el Mapa de Violencia de Género en la Argentina, Salta registra la segunda tasa de violaciones en el país (18,2%), después de Jujuy (21%, con el caso testigo de Romina Tejerina). Y fue escenario de violaciones seguidas de brutales crímenes, como el de las turistas francesas Houria Moumni y Cassandre Bouvier, en julio de 2011.

El periodismo también reproduce los estereotipos sobre las mujeres. «Algunos colegas tienen miradas críticas sobre los discursos predominantes respecto de la seguridad y la mano dura y su trabajo lo hacen poniendo ese prisma, con mucho cuidado de no reproducirlos sin más. No ocurre lo mismo cuando abordan cuestiones que tienen que ver con las relaciones jerárquicas entre los géneros. ¿Los celos son una razón más comprensible que la ocasión de robo para matar a alguien? ¿No será que allí está reproducido ese estereotipo que dice que las mujeres pertenecen a los hombres y por ende ellos tienen ciertos derechos sobre sus cuerpos y sus vidas?», plantea Tessa.

Travaini sostiene que la discriminación hacia las mujeres profesionales persiste en «carreras o lugares donde no son la mayoría o donde ganan menos que los varones por igual trabajo». La asociación de la mujer con el mantenimiento del hogar y la crianza de los hijos está en el núcleo de esa situación. «En algunos casos aparece como algo compartido, pero todavía sigue siendo responsabilidad absoluta de las mujeres. Nosotras nos reímos porque aparece esa frase “te ayudo”, porque no se trata de ayudar sino de compartir, porque armar una familia se decide de a dos y la responsabilidad debe ser de los dos. Ese es el gran desafío, democratizar las responsabilidades al interior del hogar», agrega la directora del Instituto de la Mujer.

«Diría que también hay discriminación contra las mujeres en las empresas periodísticas –señala Tessa–, pero como eso cada vez es más políticamente incorrecto, entonces se disfraza de otro tipo de discriminaciones: tal periodista es conflictiva, discute todo, no se le puede hablar, no tiene carácter para hacerse cargo de una sección, no puede ir a esa cobertura porque tiene hijos».

Del amor
Para Tuñez, «lo que está faltando en nuestro país es el diseño de un plan nacional para la prevención y la erradicación de la violencia de género. Es uno de los puntos que falta cumplir de la ley de violencia vigente».

En ese marco, «lo que hay que hacer en forma urgente es incorporar esta temática a la currícula educativa de todos los niveles, para educar a varones y mujeres dentro de otros valores, que tienen que ver con la igualdad, con la no violencia. Es un trabajo que va a ayudar a que en nuestra sociedad tienda a desaparecer la violencia de género y el machismo cultural que nos afecta tanto a varones como a mujeres. Lamentablemente todavía vemos cómo se cosifica a la mujer, por ejemplo en la publicidad, y se la convierte en un objeto de consumo al que se puede traficar, comprar, vender, humillar, descalificar, violar, golpear, matar y donde se busca la justificación de la violencia y no su erradicación».

El Instituto de la Mujer apunta a la prevención a través de talleres en escuelas secundarias. Este año desarrollan además una prueba piloto con alumnos de primaria. «El trabajo tiene que ver con los estereotipos, con la discriminación –dice Travaini–. Con los adolescentes empezamos el tema de los noviazgos violentos y este año pudimos hablar del femicidio y de la trata de mujeres. Discutimos fundamentalmente sobre nuevas formas de relacionarnos varones y mujeres».

Los chicos también tiene algo para decir en esa experiencia: «Una frase que salió en los talleres del pasado y que tomamos es que el amor no tiene que doler –agrega Travaini–. El que ama no hace mal, no te provoca dolor ni en el cuerpo ni en la psiquis»/ fuente acciondigital.com.ar

 
 

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