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Trabajo, maternidad y liderazgo
 

Muchas mujeres lograron imponerse en el sistema laboral y llegar a altos puestos de jerarquía. Con este logro, ahora el debate se abre en relación al cuidado del hogar y  los modelos de autoridad.


El 20 de abril, La Nación publicó un informe titulado en tapa Mujeres líderes. La polémica hace foco en los modelos de autoridad. En la nota hacen un análisis de los roles de las mujeres que llegaron a las grandes jerarquías de sus empresas o que dirigen sus propias pymes y pone el foco en el balance entre el trabajo y el cuidado del hogar así como el manejo que hacen de la autoridad.

Tomando como referencia la experiencia norteamericana a través de los ejemplos de Marissa Mayer, CEO de Yahoo (quien volvió al trabajo a dos semanas de haber parido y prohibió el teletrabajo) y de Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook (quien sostiene que no hay techo de cristal, sino techo de cemento), La Nación establece que “lo cierto es que las mujeres y el trabajo hace rato vienen dándose la mano y los ecos de la discusión de nuestros vecinos del Norte también nos llegan”.

Según Sandberg, “ya no se trata de las instituciones externas, sino que son las mujeres mismas las que limitan su crecimiento”, y a eso le llama “techo de cemento”, que consiste en que las mujeres se autoimponen barreras y resignan su carrera profesional en pos de la familia. Sin embargo, se trata de una lectura extremadamente simplista, que responsabiliza por las situaciones de desigualdad a las propias mujeres, invisibilizando las barreras estructurales y culturales que están detrás de la desigual distribución de las tareas de cuidado.

Varias empresas multinacionales, con sedes en Argentina, establecieron medidas para que las mujeres puedan balancear sus trabajos con sus familias. Así, da el ejemplo de empresas como Bristol Myers Squibb, Coca-Cola y General Motors entre otras. Pero esto no sólo sucede en las grandes empresas, ya que muchas pymes argentinas toman estos ejemplos para favorecer la diversidad entre sus empleados. De todas formas, un dato destaca entre las mujeres entrevistadas para esta nota y es el temor al reemplazo, el cual destacan como su principal motor para volver al trabajo. Esta percepción guarda una estrecha relación con el modo en el que se implementan estas políticas, ya que generalmente están disponibles únicamente para las mujeres, reforzando así el rol de cuidadoras y poniéndolas en una situación de relativa desventaja con respecto a sus pares varones. Como bien señala Debelujh, esto se debe a que no se ha producido un auténtico cambio cultural dentro de las empresas, y que los compañeros varones no ven en estas medidas un valor.

En el recuadro titulado En busca de un nuevo paradigma que acompaña el informe, Laura Di Marco (autora del libro Las jefas) afirma: “una vez que llegan a la cima, las mujeres ganan rápidamente visibilidad. Y aunque las CEO, en rigor de verdad, no son tantas (representan entre el 1 y el 2% en el mundo), sí hay que reconocer que es mucha la presencia femenina en puestos importantes o de gerencia intermedia”.

Ella también analiza que lo interesante es ver los dos tipos de liderazgos que pueden ejercer las mujeres en altos puestos jerárquicos: las jefas más rígidas “aquellas que llegan al poder y lo ejercen como hombres” y las que “despliegan la potencia de lo femenino son aquellas líderes que abren el terreno a las voces diferentes, las que inspiran al resto de una manera horizontal, las que improvisan sin miedo y alimentan tanto el crecimiento propio como el ajeno”.

En este sentido la nota toma a Marissa Mayer como una líder más rígida y “masculina” y a Sheryl Sandberg como una líder más suave y “femenina”. Según esta clasificación, hay mujeres que aunque logran el avance y llegar a lugares inesperados, siguen respetando viejos modelos patriarcales. Es cierto que las mujeres –al igual que los varones- ejercen sus liderazgos de diversas maneras y adoptando diferentes modelos. Lo que resulta incorrecto es afirmar que unos tipos de liderazgos son “masculinos” y otros “femeninos”, como si respondieran a características esenciales de los sexos. Lo que actualmente se asimila a lo masculino y lo femenino no son rasgos naturalmente inherentes de las mujeres y los varones, sino pautas socialmente construidas.

 
 

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