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¿Absuelto de violar a su esposa por ser machista?

 

El Tribunal Oral en lo Criminal en la Ciudad de Buenos Aires absolvió a un hombre que violaba a su esposa en forma constante, además de maltratarla física y verbalmente. Entre otros fundamentos que dan cuenta de la naturalización de la violencia contra las mujeres, la sentencia plantea que las pruebas no fueron suficientes.

(Buenos Aires, 30 de julio de 2013) - La perpetración permanente de actos de violencia en contra de las mujeres, física y psíquica, en distintos grados y con diferentes caras, responde a la presencia de patrones socioculturales según los cuales se tolera el maltrato hacia las mujeres. Además de encontrarse en superioridad física, económica o de poder de algún tipo, los varones violentos actúan con la anuencia de la sociedad y, lo que es peor aún, del Estado que permite que estas situaciones permanezcan impunes, bajo los más insólitos argumentos.

Éste fue el caso del Tribunal Oral en lo Criminal nº 16 en la Ciudad de Buenos Aires, el cual, el 22 de marzo de este año absolvió a un hombre que violaba a su esposa en forma constante, a través de argumentos que no se ajustan a derecho y reflejan la naturalización de la violencia amparada por el Estado. 

La pareja se casó en 1999.  Al año comenzó  el maltrato verbal, luego  la violencia física, hasta que en el año 2005 la mujer realiza la denuncia en la Oficina de Violencia Doméstica (OVD). Por un tiempo la violencia se detuvo, pero  poco después el hombre volvió a maltratarla y  comenzó a obligarla a tener relaciones sexuales.  

La sentencia plantea varios fundamentos, todos sesgados por estereotipos de género. En primer lugar, señala que las pruebas no fueron suficientes para soportar el reproche criminoso. En consecuencia, resuelve aplicar el beneficio de la duda (artículo 3 del Código Procesal Penal). Se sugiere, de este modo, que el testimonio de la mujer no sería suficiente para tener por probados los hechos de violación denunciados. Sin embargo, continúa su análisis señalando que:

“a partir de que las situaciones de abuso sexual pasaron de ser “toleradas” por miedo o por la presión que significaba para G. A. que el encartado invocara la obligación que tenía de acceder carnalmente por el débito conyugal, a episodios cada vez más intensos, los que eran seguidos del consiguiente pedido de disculpas y nueva oportunidad y siempre llevados a cabo en estado de ebriedad, explica que se decidió a realizar la denuncia penal de junio del 2010 (…).” 

Parece ser, entonces, que el hecho de que haya sido “tolerado” (lo cual surge también del relato de la propia víctima, pero esto ahora sí tomado como cierto por el Tribunal), convierte esos hechos en algo consentido, pese que a renglón seguido se señalara que esto se hacía por miedo, o por la presión que significaba para la mujer. 

 

Otro punto a destacar es la forma en que el contexto de violencia en el cual se inscriben las situaciones de abuso sexual es abordado por el Tribunal. Se refiere a ello como “la problemática de esta pareja” y parece culpar a la víctima de carecer de voluntad para formular la denuncia. De esta forma desconoce que para poner fin a una relación violenta las mujeres deben poder, primero, superar los obstáculos subjetivos que llevan a normalizar la violencia. Luego, existen barreras de orden práctico que obstaculizan la posibilidad de plantearse una separación o una denuncia: la dependencia económica, la marginalidad y aislamiento de personas que puedan brindar contención a la mujer, la ignorancia acerca de las instancias a las que se puede recurrir o el convencimiento de que las instancias que podrían protegerla no tienen la eficacia y la celeridad necesarias para darles seguridad, física y económica.   

Ninguna de estas particularidades fueron tenidas en cuenta por el Tribunal, aun cuando de sólo leer los hechos del caso se hace evidente que la mujer debió sortear más de una de ellas.

Finalmente, se intenta eximir de culpabilidad a A. F. bajo un supuesto “error de prohibición indirecto”, toda vez que el imputado habría obrado influenciado a tal punto por su cultura, -creyendo que tenía derecho a obligar a su esposa a tener relaciones cuando él quisiera- que no sabía que estaba cometiendo un delito.

Esto se debería a una “norma cultural” de las personas de la República del Paraguay, según la cual los varones al tener personalidad machista y dominante, consideran que las mujeres con las que se casan son sus mujeres y ellas deben someterse a sus demandas. Sin embargo, esta “norma cultural” parece no ser aceptada por la víctima, quien de haber entendido que el accionar de su marido se hallaba inmerso en una tradición compartida jamás hubiera formalizado las denuncias. A su vez, podemos advertir que la pareja vive en Argentina desde hace más de 20 años, de modo que resulta difícil de sostener que su supuesta “norma cultural” haya permanecido indemne a lo largo de tantos años. Esto sumado a que la República del Paraguay tiene ratificada la Convención de Belém do Pará desde el año 95, antes incluso que el Estado Argentino.

La sentencia completa en nuestro Observatorio de Sentencias Judiciales.

 
 

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