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Infojus Noticias. Nacionales. 20/07/2014

El lenguaje prostibulario: cuando las palabras esconden violencia
 

Desde la sanción de la ley de trata, en 2008, la justicia entró con el pie firme al universo de los prostíbulos y en ese camino, operadores judiciales, fiscales y jueces tuvieron que deconstruir conceptos que enmascaran el delito. Pero algunos funcionarios todavía no comprenden ese vocabulario y cuando las víctimas declaran las revictimizan porque no entienden de qué hablan.

Por María Florencia Alcaráz

Whiskería, pase, coperas, fiolos, don, doña, casa de ablande, alternadoras, maridos, encargados, plaza, fichero, códigos y multas. El lenguaje prostibulario tiene su propio diccionario: palabras que esconden la violencia y naturalizan la explotación sexual de los cuerpos de las mujeres. Desde la sanción de la ley de trata, en 2008, la justicia entró con el pie firme al universo de los prostíbulos y en ese camino, operadores judiciales, fiscales y jueces tuvieron que deconstruir conceptos que enmascaran el delito. Los vocablos aparecen en el testimonio de las víctimas y los victimarios. Algunos funcionarios todavía no comprenden ese vocabulario y cuando las víctimas declaran las revictimizan porque no entienden de qué hablan. Otros, ponen el acento en que este léxico disimula lo ilegal. ¿Cómo conviven la jerga judicial y prostibularia?

“A simple vista el lenguaje que se ve en las sentencias es descriptivo de la realidad. Sin embargo, está lejos de ser neutral”, explicó a Infojus Noticias Cecilia Gebruers del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA). Una de las personas que más trabajó este tema es la socióloga Silvia Chejter. Junto a la abogada Marcela Rodríguez revisaron 28 sentencias sobre trata para una investigación. Se encontraron con la “coexistencia de dos discursos”: uno “referido al encuadre de los hechos, más cuidadoso y riguroso” y otro con “un uso de un lenguaje más directo y espontáneo”. Para ellas, la distancia entre ambos lenguajes es un primer testigo de la ideología de los operadores judiciales. El libro “La red”, de la periodista Sibilia Camps, sobre el caso Marita Verón, le dedica un capítulo entero al tema. Infojus Noticias repasó las palabras más comunes del argot prostibulario y seleccionó diez términos del glosario delictivo de la trata y la explotación sexual.

Los pases

– ¿Y qué significa hacer pases?
– Los pases era pasar a la habitación con los clientes, por el dinero.
– ¿A usted le propusieron prostituirse en ese lugar?
– Sí
– ¿Hizo ejercicio de la prostitución allí?
– Sí

El que pregunta es uno de los fiscales del caso Marita Verón. La que responde, una víctima. Fue hace dos años. Algunos operadores judiciales no conocen el lenguaje y revictimizan con preguntas innecesarias. Antes del debate oral se dictó una capacitación en temáticas de género que ninguno de los integrantes del juicio tomó. “Hacer un pase” es pasar a la habitación para tener sexo con el “cliente”. Para Chejter y Rodríguez los modos de referirse a las prácticas prostituyentes son eufemísticos. Además de “hacer pases”, se encontraron con frases como “actividades que se desarrollaban en el local”.

Las plazas

–Primero viví con el fiolo, después me ponen plaza adentro.
– ¿Qué es una plaza?
– Un plazo menor a treinta días.
– ¿Cuánto tiempo estuvo trabajando y cuánto tiempo estuvo secuestrada?

El mismo fiscal del juicio por el secuestro y explotación sexual de la joven tucumana, pregunta. Otra víctima responde. Una “plaza” hace referencia al período-que puede ir desde 15 a 45 días- en el que las mujeres se ven obligadas a estar en un prostíbulo cuando llegan. En ese tiempo, se les descuenta todos los gastos. Si pueden pagarlo, algunas lograr irse. A otras las mantienen secuestradas. El término aparece mencionado como “cubrir una plaza” o “hacer una plaza".

“Nombre artístico”

“Ella es Alejandra, pero a partir de ahora se va a llamar Julieta”. La mayoría de las víctimas de trata pierden la identidad. Cuando están frente al “cliente”, son obligadas a usar lo que los proxenetas llaman “nombre artístico”, tratando de enmascarar con un concepto positivo el delito de robarles sus verdaderos nombres. Un fallo reciente de la Sala II Cámara Federal de Casación Penal por una causa en la que se investigaba un prostíbulo en Bahía Blanca pone de relieve el descuido de los jueces con respecto a las identidades de las víctimas. En el dictamen que los jueces casatorios analizaron se referían de tres formas distintas a las mujeres: con sus nombres con las citas de sus testimonios, con sus iniciales y, por último, con los nombres que les fueron impuestos para la explotación sexual. Alejandro Slokar dijo a Infojus Noticias que, cuando esto sucede, se “incumple con el deber de respetar los derechos de las víctimas” y además el empleo de los nombres “artísticos”-aquellos impuestos por los tratantes- “constituye una afrenta a la dignidad de estas mujeres, a la vez que una violación del deber de los tribunales de mantener reserva respecto a la intimidad”.

Los códigos y las multas

“No podés verles la cara a los encargados”. “No pueden hablar entre ustedes”. “Si viene la policía tenés que salir corriendo y saltar el paredón”. “Si te preguntan cuántos años tenés, les tenés mentir sobre tu edad”. “Tenés que decir siempre que estás por tu propia voluntad”. Las reglas de los prostíbulos quedan rebotando como mantras en las cabezas de las mujeres que son explotadas allí. Las órdenes que les imparten bajo amenazas son los códigos. Romperlos significa castigos que pueden traducirse en golpizas o en multas sobre el dinero que los “clientes” pagan y ellas nunca ven. Es muy común escuchar en los juicios o leer en las sentencias que las víctimas hablen de “los códigos” que existían en los lugares donde los explotaban.

“Trabajar”

En el fallo de la Sala II Cámara de Casación Penal por el caso de Bahía Blanca todas las palabras propias del vocabulario prostibulario aparecen entre comillas, una de ellas es “trabajar”. “No podemos hablar de que una mujer ´trabaja´ como si fuera una actividad lícita. Estaríamos desconociendo la ley y el compromiso del Estado”, explicó Slokar.
“Ejercían el comercio sexual”, “trabajaban prestando servicios sexuales”, “mujeres dedicadas a la explotación sexual”, “la menor ejerció la prostitución, “se dedicaban a la oferta de servicios sexuales”. Ninguna de estas expresiones es correcta para referirse a las víctimas de explotación y trata. Chejter y Rodríguez se encontraron con estos términos en las causas que rastrearon. “A las mujeres se les atribuye la agencia de su propia explotación”, explicaron.

Prostíbulos

Durante el juicio por el secuestro y la explotación sexual de Marita Verón hubo una palabra prohibida. Nadie podía referirse a El Desafío, Candy y Candilejas como prostíbulos. Fue por pedido de Liliana Medina y sus hijos, los acusados. Nombrarlos así ya implicaba un delito. A lo largo de las audiencias desfilaron todos los eufemismos que existen para esconder la palabra: whiskerías, cabarets, pubs, club nocturno, golden, night club, locales de alterne, saunas, casa de masajes. Estos son, también, los nombres que les asignan habilitaciones locales y ordenanzas municipales para evitar sanciones por la ley que, desde 1937, prohíbe su existencia.
En el decálogo “El delito de la trata de personas. Su abordaje periodístico” destinado para periodistas que cubren este tema las integrantes de la Red Par recomiendan hablar siempre de “prostíbulos”. “Hay palabras que no son sinónimos que le dan una pátina de respetabilidad a lugares prohibidos por la ley”, dice el texto.

Los maridos, las doñas y los dones

Cafisho y fiolo son las dos formas con las que comúnmente se relacionan a los proxenetas. Ambas son eufemismos para quienes están cometiendo un delito. Pero el sistema de identificación de los integrantes de un prostíbulo es mucho más complejo.
En algunas causas judiciales, sobre todo en los prostíbulos de ruta, los proxenetas son mencionados como “doña” o “don”. En ocasiones, los explotadores toman a una de las víctimas como propia y ellas pasan a ser nombradas como “la mujer de”. Sin distinguir sexo del “propietario” de la mujer. En la causa Verón, Liliana Medina es nombrada por algunas víctimas como “Doña Liliana”. Marita fue “la mujer de Doña Lili”.

Los encargados y las alternadoras

Otras personas que cumplen roles fundamentales al interior de los prostíbulos son los “encargadas”, las mujeres que regentean los lugares, y los “encargados”, que son los patovicas que no permiten escapar a las mujeres. Algunas proxenetas también son nombrados como “alternadoras”. Esta palabra se usa para las “reclutadoras” de las víctimas: quienes se encargan de engañar y llevar hasta los prostíbulos a las niñas y mujeres.

Corcho o fichero

En los prostíbulos urbanos, que funcionan en edificios cerca del vértigo de la ciudad, es común encontrarse en sus recepciones con el “corcho”. Se trata de un cuadro donde están anotados los “nombres de fantasía” de las mujeres y las vías de contacto por la que puede haber llegado el “cliente”: un teléfono en la vía pública, un anuncio en la web o un aviso de oferta sexual encubierto en un diario. El “corcho” se reemplaza por el “fichero”, en algunos lugares, es una caja donde se guardan “fichas” de manera ordenada. Allí se registran las fechas y los horarios de “los pases”.

“Cliente”

En Argentina el consumo de prostitución no está penalizado. Si bien hay dos proyectos de ley en el Congreso proponiendo su penalización, todavía no hay un avance firme en esta dirección. Sin embargo, ellos también forman parte del circuito del delito. En las causas aparecen mencionados como “clientes”, “usuarios” o “consumidores”. Algunos manuales de buenas prácticas, por ejemplo el que redactó la Red Par, proponen dejar de lado el concepto de “cliente” y comenzar a hablar de “hombre-prostituyente”. La idea es remarcar que existe una relación de poder y que no se trata de una relación comercial entre pares.

 
 

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