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La intimidad más pública
 

A pocas horas de haber desaparecido la cara de Magaly Hermida estaba en todos los canales y los portales de internet. El deseo compartido de encontrarla con vida se tiñó luego con el conocido morbo sexista con el que se tratan las desapariciones de niñas y mujeres.

(Buenos Aires, 30 de julio de 2014) - Ella tiene 12 años, una edad en la que todavía muchas cosas están prohibidas. Desapareció de su casa y las redes sociales actuaron con rapidez. Sus fotos se compartieron miles de veces hasta llegar a los medios de comunicación, donde ante la llegada de la noticia, no dudaron en revisar su perfil de Facebook y seleccionar la imagen adecuada para ayudar en su búsqueda: una  en la que se ve a la niña en short, tocándose la nariz y sacándose una “selfie” frente a un espejo. En total estuvo fuera de su casa 17 horas, lapso  durante  el cual el periodismo se encargó de hacer pública la vida privada de una menor de edad.               

Magaly Hermida se fue de su casa el martes 22 de julio aproximadamente a las 19:17. Su papá había ido al hospital a visitar a una vecina que había tenido un ACV y la niña quedó sola en la casa. A las 19:15, Hermida llamó a su mamá para decirle que vaya urgente a la vivienda. Cuando sus padres llegaron, ella ya no estaba.  Una hora más tarde, hicieron la denuncia por desaparición ante la policía. Poco después  la cara de la chica ya estaba siendo compartida junto con los números de contacto de los padres.

Desde que se conoció el caso hasta que la niña fue encontrada el jueves al mediodía, los espectadores pudieron conocer todos los detalles sobre su vida: que fue adoptada a los 6 años, que mantiene contacto con sus hermanos biológicos,  a qué colegio asiste, qué hicieron sus amigas luego de la desaparición. Incluso se analizó a fondo su perfil de Facebook, siempre amparándose en la necesidad de conocer qué fue lo que ocurrió.

En solo un par de horas, Hermida pasó de ser una pre-adolescente más de San Isidro a  una cara pública con su vida explayada en los medios de comunicación de todo el país. Su foto en la televisión y en los portales de internet ayudó a que la niña fuera encontrada con facilidad, pero también abre varios debates necesarios en el periodismo acerca del uso de las imágenes, en especial en aquellos casos en lo que hay niñas o adolescentes involucradas.  

El viernes se dio a conocer la declaración de David Benítez (24 años, acusado de haber violado a Hermida), quien aseguró que la niña  le dijo que tenía 17 años y que tuvieron relaciones sexuales consensuadas. Por el otro lado, el padre de la chica se pasea por los canales de televisión argumentando que “es muy miedosa y si la dejás sola a las dos manzanas se pierde. Eso porque nunca la dejamos salir sola” y “mi hija es muy alta –mide cerca de 1,70 metros– pero tiene una cara de nena que se le cae. Todavía juega con las Barbies y mira dibujitos”. Estas declaraciones, cuyo objetivo es el de eliminar cualquier especulación sobre la inocencia de Hermida, se entiende en el contexto de sexualización de una niña de 12 años por parte de los medios de comunicación.

Cuando se conoce un caso de una  joven que desaparece, habitualmente se platean dos especulaciones comunes: el miedo de que haya sido secuestrada por una red de trata y la creencia de que se fue con algún “novio”. De esta forma, se clasifica a la niñas o adolescente de acuerdo al binomio víctima inocente o víctima culpable. La elección de fotos por parte de los medios de comunicación alimentan estos prejuicios

Lo único destacable de la cobertura periodística del caso de Magaly Hermida es que apenas se conoció la noticia de su aparición  con vida, su foto comenzó a ser pixelada o censurada como forma de respetar la intimidad (ya avasallada) de la menor de edad. Otro acierto de los medios fue aclarar que aunque haya habido “relación consensuada” se sigue tratando de un abuso sexual con acceso carnal debido a la edad de la niña.

Mientras tanto, los periodistas continúan hablando sobre Hermida juzgando su cuerpo, su actitud, su ropa, a su familia, vulnerando a una persona que por su corta edad y por las circunstancias que vivió pocas posibilidades tiene de defenderse. El público desea saber qué pasó y no importa qué tan lejos o qué tan invasivo sea el periodismo para responder las preguntas que se plantean sobre el caso. El límite entre informar y acosar se debilita y la intimidad de la niña se ve en jaque constantemente incluso por la misma fiscalía que emite detalles del proceso judicial. En el ojo de la tormenta, una chica de 12 años tiene que convivir con su nueva realidad. 

 
 

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