Subscribite a nuestro newslatter


Clarín. Opinión. 16.03.2016

¿Políticas para las mujeres o mujeres en la política?

 

Por Natalia Gherardi y Lucía Martelotte*

Las mujeres siguen siendo las principales responsables del cuidado de niños y niñas; su inserción laboral es más precaria, peor remunerada y su desarrollo profesional más limitado, con menores posibilidades de ejercer puestos de decisión; el embarazo adolescente y la imposibilidad de decidir sobre sus propios cuerpos tienen un impacto determinante en sus chances de completar su educación; la violencia física por parte de una pareja o ex pareja afecta a una de cada tres mujeres a lo largo de sus vidas; ellas se empobrecen en mayor medida como consecuencia de un divorcio: y la vejez las encuentra en situación de dependencia económica con otras mujeres a cargo de su cuidado. 

Frente a este diagnóstico, pareciera ineludible impulsar políticas focalizadas para mejorar sus condiciones de empleo, de acceso a la educación, a métodos anticonceptivos, políticas de cuidado de niños y niñas y adultos mayores; así como políticas para prevenir la violencia hacia las mujeres. 

Sin embargo, es oportuno reflexionar acerca de cómo abordamos la desigualdad de género, cuál el lugar de las mujeres en la cultura, en las representaciones sociales, en la política y en las expectativas que como sociedad habilitamos que las niñas tengan respecto de sí mismas. 

Aun cuando las políticas para el desarrollo hace décadas que impulsan la idea de “transversalizar el enfoque de género”, lo cierto es que respecto de las mujeres y la igualdad de género se sigue pensando (y actuando), muchas veces, de un modo focalizado. 

No hay “problemas de las mujeres”, sino problemas de la sociedad que impactan en un “ellas” tan diverso que difícilmente una política pública sea capaz de abordar el desafío en toda su magnitud. 

Así es como cobra sentido la interpelación desde el centro mismo de la política, como sostiene el primer ministro canadiense Trudeau, para que en todos los ámbitos de formulación e implementación de las políticas públicas se realice la pregunta: ¿en qué medida contribuye esta decisión a la equidad de género y a promover la igualdad?  

Entonces, no hay ámbito que sea ajeno. La nominación de integrantes para la Corte Suprema tendrá un impacto no solo en una conformación más diversa sino que también impactará en las decisiones que tomen y en las políticas que impulsen para transformar una justicia que muchas veces olvida a las mujeres como sujeto. 

La reforma política puede promover la igualdad de género o esquivar el desafío, desconociendo los obstáculos para su representación efectiva. 

Los mecanismos para el monitoreo de procesos electorales pueden velar por el respeto de la participación de las mujeres o pueden trasladar el peso de esa responsabilidad exclusivamente en las (posibles) candidatas. Las reformas impositivas pueden analizar el impacto en las mujeres registradas bajo diversas categorías impositivas o pueden asumir que “el contribuyente” es un todo homogéneo correspondiente a una “familia tipo”.

Es posible seguir circunscribiendo las preocupaciones sobre “la mujer” como si fuera una, homogénea, con idénticas preocupaciones y demandas. 

Pero no será posible abordar la dimensión del desafío de la igualdad de género si no se analiza transversalmente la política, se diversifican sus protagonistas y se combaten las actuales exclusiones. 

Natalia Gherardi y Lucía Martelotte son Integrantes de ELA (Equipo  Latinoamericano de Justicia y Género.

 
 

Volver