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Clarín. Sociedad. 29.03.2016

Sus ex las hostigan por la Web y la Justicia no logra frenarlos

 

Víctimas que buscan escapar de las agresiones por mail, redes sociales o chat. Son mujeres a las que les dieron la restricción perimetral y el botón antipánico. Pero no sólo esos controles suelen fallar: las denuncias por acoso virtual no tienen soluciones efectivas.

Por Victoria De Masi

La posdata del correo electrónico que el 19 de marzo recibió Daniela Diez de parte de su ex pareja dice así: “Ojalá llegues a los 50... Hay muchos femicidios ¿No te parece?”. Fue uno de tantos mails que él —empleado bancario, 37 años— le escribió durante los últimos cinco años, el tiempo que llevan separados. El acecho es virtual y permanente, a través de mensajes por Whatsapp o mails. Daniela agotó todas las instancias de denuncia, incluso cada vez que él violó la restricción de acercamiento otorgada por la Justicia el año pasado, cuando también le dieron un botón antipánico. 

Son lugares a los que la Justicia no llega. Las amenazas por mail, redes sociales, por teléfono o whatsapp constituyen un delito y aunque son difíciles de probar, se investigan. Pero mientras tanto, no hay quién ampare a estas mujeres. Las estrategias para protegerse casi siempre fallan: bloquean a los agresores en Facebook, por caso, pero ellos crean perfiles falsos; los bloquean de Whatsapp pero ellos les escriben a hijos o familiares; cambian su número de teléfono pero ellos se las ingenian para averiguar sus nuevos contactos. La falta de control de la tecnología como nueva plataforma para la violencia es otro de los recursos que suele fallar, junto con los cercos perimetrales y los botones antipánico. 

 “Mi ex pareja no me pegó una trompada ni me acuchilló ni me tiró debajo de un auto, pero no me deja vivir”, dice Daniela Diez, empleada en una mutual, 49 años, mamá de una nena de doce años cuyo padre es el hombre que le escribe mails que dicen, entre otras cosas, esto: “La plata de la cuota de alimentos que te deposito mensualmente andá guardándola para los remedios oncológicos (...) O te mata el cáncer o te mata la amargura que te voy hacer vivir en lo que te queda de vida”. Desde hace un año, cuando la Justicia le impuso a su ex pareja una perimetral por la que debe mantener una distancia de dos cuadras de ella y la hija en común, Daniela no da un paso en la calle sin mirar quién camina detrás suyo.

La fiscal penal Genoveva Cardinali, especializada en violencia de género, insiste con que hay que denunciar cada amenaza. “Aunque sea por la Web o por SMS las amenazas son un delito. Para problarlas,  se ordenan allanamientos en la casa del agresor y se secuestran celulares y computadoras. De haber sentencia, la pena es condicional, con lo cual el agresor no va preso. Y es eso, seguir libres y con la vida de siempre, lo que los hace sentir impunes. La Justicia debe redoblar esfuerzos porque ese amedrentamiento es el preludio de una tragedia”, observa.  

“Yo pensaba que para denunciarlo tenía que llegar a una comisaría con un moretón. Tuve que entender que para ser víctima de violencia de género bastaba una sola oración de esos mails”, dice Daniela Diez. Su ex pareja, entre otras oraciones, escribió ésta: “Tené cuidado, no sea cosa que un día me lleve a la nena y la termines viendo por foto”. Daniela aprendió varias cosas: que debía disponer de tiempo y recursos porque se encontró con una Justicia colapsada, que el apoyo familiar es fundamental  y que debe cuidarse sola mientras su caso se investiga. Cada correo electrónico y mensaje de texto que le envía su ex pareja se adjunta como prueba. La denuncia está en el Juzgado porteño N°26, que a casi un año de recibirla aún no se pronunció.

Natalia Gherardi, directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, advierte un mayor conocimiento de espacios para formalizar las denuncias a partir de la convocatoria de Ni Una Menos. “Sin embargo, no todas reciben la misma atención. Hay formas de violencia sumamente perniciosas que dejan a las mujeres en estado de alarma y deteriora su salud psíquica. Es la que prolifera a través del uso de la tecnología, una nueva arena para la violencia que, aunque pueda dejar las huellas visibles del agresor, no encuentra muchas veces amparo para la víctima en las herramientas legales y el accionar de la Justicia”, señala Gherardi.

“No sabía dónde pedir ayuda. Por suerte tengo una prima que es psicóloga y que me explicó. Fui a La Casa del Encuentro y al Centro Integral de la Mujer. Y después me acerqué a la Oficina de Violencia Doméstica. Declaré ocho horas. Pienso en esas mujeres que sufren lo mismo que yo pero que están solas... ¿Cómo hacen?”, dice Daniela Diez y agarra su celular. Muestra algunos mensajes que su ex pareja le escribió a la hija en común y que dicen esto: “No tengo plata, que te lo festeje tu madre”. Daniela completa esa historia: “Le prometió que le organizaría el cumpleaños. Pero la dejó sin fiesta”. La lista de excusas sigue: “No hay luz”, “Estoy deprimido”. El padre tampoco cumple con el régimen de visitas. De todos modos, cuenta la mujer, su hija no quiere verlo. 

Irene Fridman, psicóloga especializada en violencia de género, sugiere no responder al agresor. “No hay que creer que una respuesta los calmaría porque sucede lo contrario. El victimario lo toma como ‘un permiso’ y avanza. Es probable que le escriba a seres queridos de la mujer, lo que sería como un redoble del castigo. Tampoco deben contestar. Lo mejor es bloquearlos en la Web para evitar cualquier estrategia de acercamiento”, sugiere Fridman.

 
 

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