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 La Nación. Opinión. 28/06/2011
Por qué son pocas las Beatriz Sarlo

Por Laura Di Marco
 
 
Después - y sólo después- de haber hecho una investigación sobre la representación femenina en el nervio medular del poder; allí donde se cocinan las grandes decisiones, me di cuenta de lo evidente: son muy pocas las mujeres cuyas palabra pesa, realmente, en el debate político, con una llamativa excepción: la de una intelectual de extraordinario talento, capaz de conmover al poder y provocarle un dolor de cabeza crónico.

Ella es, claro, Beatriz Sarlo. Excepcional es, aquí, la palabra clave. Porque para influir en el juego de la política, ya sea desde el ejercicio concreto del poder (los actores políticos), como desde el contrapoder (digamos, la prensa) nadie le pide a un varón que sea Tomás Abraham, Santiago Kovadloff o aquel Portantiero, que le hablaba al oído a Alfonsín.

Nadie les exige a ellos ser excepcionales para tener voz propia en un territorio que, más allá de lo que digan, sigue dominado por la testosterona.

A esta altura, estarán pensando que el timón del país, nada menos, es comandado por una jefa poderosa. Poderosa y caprichosa. Es cierto. Sin embargo, el caso de Cristina Kirchner no deja de ser, también, una excepción. Como describía hace poco un dirigente peronista K, en privado: "Ella llegó a la cima de la escalera con peldaños que le armó Néstor".

En una palabra, e independientemente de su indudable inteligencia, es improbable que Cristina hubiera llegado a la presidencia, de no haber tenido al lado a un hombre poderoso que, no sólo la designó allí, sino que se encargó de hacer el trabajo sucio.

También es cierto que, en comparación con otros países de América latina, tenemos un alto porcentaje de legisladoras en el Parlamento, alrededor de un 40 por ciento, básicamente a raíz de la Ley de Cupo.

Sin embargo, y a pesar de estos indicadores, que superficialmente podrían parecer alentadores, un estudio reciente del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), financiado por el Fondo de Naciones Unidas para la Democracia, reveló que, de cada diez puestos políticos clave, dos son ocupados por mujeres y ocho por varones. Menos de un 15 por ciento en el máximo nivel de la representación política.

Así, el índice de participación mujer (IPM) -un indicar que mide, a través de un estudio de campo, el nivel de inserción real de mujeres en los resortes clave-, reveló para la Argentina un cuadro "crítico".

Veamos ahora qué pasa del lado del contrapoder. La prensa, por ejemplo.
Aquí las cosas se ponen aún peor. Porque en este territorio, prácticamente blindado, no existe ni un solo equivalente femenino de Carlos Pagni, Eduardo Van Der Kooy, Joaquín Morales Solá, Jorge Lanata y siguen las firmas (de ellos).

Quizá ahora estén pensando en la figura de Magdalena, que por suerte existe en el plano del contrapoder. Sin embargo, la radio no tiene el mismo poder editorializante que aún conservan los grandes diarios. No fija la agenda del debate, que ya que se nutre de ellos. Basta recorrer brevemente el espinel de la política para percatarse de que sus actores centrales, siempre hablan de lo que dijo, en su columna, algún Él. Con la excepción de la memorable temporada que le siguióal debate de Beatriz Sarlo en 6, 7,8. Entonces, todos hablaron de lo que dijo Ella.
Pero, ¿qué pasa, entonces, con el resto de las mujeres? ¿Por qué no aparecen muchas más voces femeninas que puedan terciar en ese campo y volverlo más democrático, rico y diverso? ¿Seremos seres sin ambiciones? ¿"Flojas de entendederas" para el juego masculino del poder, como le escuché decir a un colega, alguna vez?

Experta en detectar e incorporar talento femenino, y hablando de la situación concreta de la Argentina, la economista española Nuria Chinchilla, directora de la Escuela de Negocios de la prestigiosa universidad de Navarra, observaba en una entrevista que LA NACION publicó tiempo atrás:
"En la Argentina, hay un machismo vergonzoso, y lo peor es que no se dan cuenta", sintetizaba esta académica, para nada enrolada en el feminismo clásico, quién, ante la crisis, busca innovar, incluyendo más presencia femenina en el mundo corporativo. Pero la española reconfirma que es la política el área más afectada por los prejuicios. Incluso el cupo está teñido de ellos. En sus palabras: "En ese campo, salvo que te la ganes a pulso, con un talento superlativo, te destrozarán diciéndote que estás allí por la cuota (el cupo)".
Hay que preguntarle a Gabriela Michetti, estrella del macrismo y ahora muy guardada en esta campaña, por los efectos corrosivos del machismo cultural, una trama hecha de creencias, ideas, y prejuicios tóxicos, que le fue quitando oxígeno, cuando pretendió desmarcarse con vuelo propio. "Le falta capacidad para gestionar", la lapidaron sus propios colegas, sin que hubiera tenido siquiera la oportunidad de probarlo o desmentirlo porque, hasta ahora, nunca gestionó.

La escritora y terapeuta Clara Coria escribió en los ’80 un libro que, rápidamente se convirtió en best-seller, El sexo oculto del dinero, para graficar que el manejo de la plata seguía siendo cosa de hombres. Algo similar sucede con la palabra política: sigue siendo patrimonio de los varones, con algunas, pocas, excepciones.

Dos prejuicios básicos erosionan la figura de lo femenino: la falta de racionalidad y la falta de capacidad para liderar en el núcleo duro del poder. Lilita Carrió, por caso, fue acusada muchas veces de "irracional" por sus ideas místicas, y, de hecho, su credibilidad se fue diluyendo. No le sucedió lo mismo a Alberto Rodríguez Saa en su feudo, después de haber declarado, muy suelto, que había mantenido contactos con extraterrestres.
Pero, que nadie se confunda. Porque, a esta altura, acusar a los hombres de malvados o echarles la culpa, no sólo sería un reduccionismo anacrónico, sino una estudipez. Un argumento simplón, que explica poco, aunque efectivamente todavía exista esta clase de dinosaurios (del mismo modo que existen muchos otros, sensibles a este desequilibrio, que impulsan y promueven el ascenso de más mujeres).

Aquí se trata de una trama cultural, que flota en el inconsciente colectivo, y que es sostenida por hombres y por mujeres (y a veces mucho más por las mujeres), que actúa en automático. Casi, casi vida propia. Como dice Coria: "No existen personas que carezcan de prejuicios sino personas con honestidad emocional, capaces de revisarlos".

Desde ya que hay muchos menos preconceptos que antes, pero siguen operando lo suficiente como para generar exclusión, sobre todo en los máximos niveles. Incluso, el hecho de que la equidad de género, que también es un derecho humano, parezca un tema menor, forma parte del mismo entramado prejuicioso.

Por caso, en esta campaña, ¿dónde están las mujeres políticas, que son quienes naturalmente deberían tomar este tema, impulsando la inclusión democrática de sus congéneres? Ni siquiera figura en sus agendas, no al menos de un modo visible.
Hillary Clinton lideró esa bandera en Estados Unidos, y lo mismo hizo la vicepresidenta socialista María Teresa de la Vega, en España, cuando instaló en la sociedad la necesidad de que las mujeres salgan "de la excepcionalidad, para liderar el cambio".

Otra pista la trae el abogado norteamericano Owen Fiss, un experto en libertad de expresión, quién escribió un excelente paper sobre Las paradojas de la libertad de expresión. Allí postula que la siguiente paradoja: para promover un debate democrático, en el que las voces de todos los sectores tengan el mismo peso, es necesario aplicar regulaciones sobre lo que llama "el discurso del odio".

Traducción: si en una sociedad como la norteamericana, donde imperan los prejuicios raciales, se dejaran fluir, libremente, los agravios hacia los negros, sería la voz de esa minoría racial la que se vería afectada, por lo que el debate público se tornaría, necesariamente, menos democrático. Algo parecido sucede con las imágenes femeninas de las publicidades y de muchos shows masivos: un bombardeo de rubias voluptuosas y tontas da por resultado una devaluación de la voz femenina en su conjunto.

A esta compleja trama se suman las propias y profundas dificultades de las mujeres. A exponerse, por ejemplo. O a transcender las trabas que las atan a la zona de confort: el pequeño universo privado. Ocurre que ellas están culturalmente "armadas" para ser queridas y para buscar la aprobación de todos. Y, si algo implica destacarse, es justamente lo contrario. Existe el riesgo real de recibir cascotazos, y de ser blanco de agravios y envidias. Una energía potente, con la que los hombres están acostumbrados a liderar (aunque también la padecen), pero las mujeres no.
 
 

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