Subscribite a nuestro newslatter


Página 12. Suplemento Las 12. 03/02/2012 
Hijos nuestros
 

TRABAJO. Una encuesta realizada por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género entre varones y mujeres del área metropolitana indica que prácticamente en el 80 por ciento de los hogares son ellas las que se hacen cargo del cuidado de niños y niñas aun cuando haya un varón y una mujer presentes en la casa. Esto no sólo habla de un reparto desigual de las tareas de cuidado, también complica la salida laboral de las mujeres, que cuentan con la escuela como principal aliada para dejar a sus hijos e hijas en lugares seguros. Eso siempre que tengan más de 3 años, debajo de esa franja la falta de guarderías es un obstáculo insalvable.

Por Luciana Peker

Tareas domésticas: lo que hace una mujer y nadie lo nota; pero que si deja de hacerlo, todo el mundo lo advierte enseguida”, se escribió en la sección “Definición” de Clarín Porteño, esa sección de verdades como aforismos regaladas debajo de los chistes de la contratapa en el 2011. Pero no es un chiste. Cuando los niños?y niñas están en el hogar, en el 76 por ciento de los casos, son las madres las responsables de su cuidado, indica un estudio de opinión realizado por MBC Mori Consultores –entre varones y mujeres del Área Metropolitana de Buenos Aires– que permite visibilizar el impacto que la desatención pública sobre el cuidado de las personas tiene en las vi- das de las personas.

Pero, especialmente, en la vida de las mujeres. Que son las que, mayoritaria- mente, siguen barriendo, cocinando, bañando, comprando remedios, revisando cuadernos, haciendo la mochila para la colonia y poniendo en listas las infinitas tare- as domésticas y de crianza.

“De eso no se habla: el cuidado en la agenda pública” es el nombre de la en- cuesta encargada por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) sobre la desigualdad de género. En esta publicación, la directora ejecutiva del ELA Natalia Gherardi y las investigadoras del Conicet y socias del ELA Laura Pautassi y Carla Zibecchi sostienen que las estrategias para asegurar el cuidado y atención de hijos e hijas y personas ancianas o enfermas se vinculan con la economía, la pobreza, la intimidad de las personas, las relaciones entre varones y mujeres y las políticas públicas.

¿Por qué las mujeres siguen siendo las que más cuidan a sus hijos aun cuando están los varones en sus casas?

–Básicamente por el falso mito de que son las más aptas y quienes lo han hecho siempre y por ende tienen “capacidades naturales” al respecto. Todo ello responde al modelo patriarcal de cuidado y de divi- sión sexual del trabajo –responde Laura Pautassi.

Las diferencias son de sexo pero también de clase. “La red familiar (abuelo, abuela, hermano, hermana, tío, tía) es la principal estrategia de cuidado de las familias con hijos e hijas pequeñas. En estas re- des las mujeres desempeñan un rol protagónico. La contratación de una persona para efectuar tareas de cuidado y de limpieza ocurre sólo en un 5 por ciento de los casos”, detalla el informe del ELA.

La conclusión es que el servicio doméstico remunerado es habitual en los hogares de sectores medios y altos. Pero que no resuelve las necesidades de las je- fas de hogar que tienen que salir a trabajar o de las amas de casa que quieren salir a trabajar de sectores populares. Por lo tanto, aun con tensiones y falta de derechos –en la Cámara de Diputados se encuentra un proyecto de ley para otorgarle mínimas garantías a la precaria situación de las trabajadoras del hogar–, no es que la contratación de empleadas, a través del mercado, resuelve el problema de la crianza de los hijos e hijas que sigue cargándose en las mujeres como una mochila que se traslada de la panza a la espalda. “La diferencia se da por un tema de ingresos –subraya Pautassi–. No hemos detectado otra razón al respecto, simple- mente que no se accede a esta posibilidad en los sectores bajos y, por eso, de- ben acudir a las redes familiares o a las organizaciones de la sociedad civil.”

La cuestión de clases muchas veces se resuelve con el comienzo de las clases. La escuela, además de educar, sirve como una solución para poder trabajar (pero una solución que no contempla su rol cuando hay vacaciones, capacitaciones, desinfecciones u otras variantes lógicas, pero que se olvida del uso social en el sistema de trabajo femenino) ya que, según la encuesta del ELA, la estrategia de cui- dado se basa, además de la familia o el trabajo doméstico, en el sistema educativo: en el 87 por ciento de los hogares los niños y niñas menores de 13 años están escolarizados. El dato no sólo habla de cómo se alfabetizan, sino de cómo sus mamás pueden dejarlos en un lugar seguro y correr a la oficina, a otra casa a cuidar a otros niños/as o a servir café a los oficinistas.

Pero este porcentaje desciende abruptamente al 31 por ciento en los hogares con bebés menores de tres años. El dato es impresionante porque mientras que 9 de cada 10 madres pueden trabajar con ayuda de la escuela, la secundaria o el jardín de infantes, apenas 3 de cada 10 tienen resuelta su salida laboral con jardines maternales. La falta de espacios pedagógicos y de cuidado para niños/as de hasta 3 años es una deuda pendiente del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (que tuvo que enfrentar un juicio en el que el Superior Tribunal porteño lo obligó a construir escuelas maternales) y del Estado nacional.

Vamos por más. Según Pautassi, no sólo es necesario que las ex guarderías (que ahora hacen o deberían hacer algo más que guardar) de chicos y chicas en edad de pañales, estimulación y mamaderas se multipliquen hasta convertirse en un recurso a mano y no en una ruleta de azar, sino que se requiere un mayor abanico de políticas públicas. “Hay que dotar de infraestructura, pero también es necesario una regulación laboral que contemple licencias para el cuidado de los hijos e hijas o familiares más amplias y durante todo el ciclo de la vida, la fiscalización del cumplimiento de estas obligaciones por parte del sector privado, un debate social en torno al uso del tiempo y encuestas que produzcan ma- yor información para poder plantear nuevas soluciones”.

Además, no se trata sólo de quién cuida al bebé, sino qué pasa cuando la madre de la madre se rompe la cadera y suele ser la hija mujer la que corre a socorrerla, la que se encarga de la nueva organización o es- cucha los rezongos o tiene que pelear con la obra social para conseguir los remedios. “También hay que dotar de medidas para el cuidado de adultos mayores y de personas con capacidades diferenciales y enfermos”, apunta la investigadora.

Un tema sumamente importante es el de las licencias parentales. Si ya sólo están reducidas al momento del nacimiento, la licencia por paternidad –que tiene dos dí- as y no llega a un fin de semana largo o se reduce a la mitad de los francos por car- naval– es una deuda pendiente del Congreso de la Nación que no logró que se conviertan en ley nacional proyectos de María José Lubertino o Héctor Recalde, el abogado de la CGT que pelea por di- versas conquistas sindicales. “Sin duda, debe difundirse y pensar en el cuidado como un derecho que habilita a que los va- rones puedan tener conciencia de su derecho y su responsabilidad y están obligados a cuidar por la legislación civil y por la Convención de Derechos del Niño”, remarca Pautassi.

Pero las cifras marcan que la evapora- da licencia por paternidad también se evapora de los reclamos ciudadanos. Sólo un 28 por ciento de los entrevistados va- rones extendió sus francos con el atajo de días sin goce de sueldo o un anticipo de vacaciones. La mayoría están en contra del tiempo otorgado para acompañar a la mamá y a su hijo/a: el 56 por ciento de los padres consultados considera insuficiente la licencia de la que disponen por ley. Pero nadie parece movilizarse para pedir un cambio. Y todavía son muchos –un 19 por ciento– de los varones (con menor nivel educativo) los que no saben ni siquiera que cuentan con ese ínfimo derecho.
 

 
 

Volver